jueves, 26 de febrero de 2009

El tercer día de curro

¡Hola tulipanes!

Hoy os voy a hablar sobre mi tercer día de curro. Sé que mi semana se os esta haciendo eterna, pero es para que captéis mi sensaciones adecuadamente, ggg; porque a mi también se me hizo superlarga (así que ya sabéis lo que os espera, gggg. ¡Qué no, que es bromita!).

Mi tercer día de curro no empezó nada bien. Lo primero mi ducha se encabezonó con no dar agua caliente. Desde luego no es la cosa mejor del mundo salir a las siete de la mañana al pasillo de casa para darte una ducha y que encima que solo salga agua fría. Pero no estaba dispuesta a rendirme, yo soy pulcra incluso con circunstancias adversas (en la isla de los famosos yo ganaría el premio a la más limpita). Así que me reaté la toalla, volví a cruzar el descansillo de las escaleras (rezando para no conocer en ese preciso instante al vecino), me fui a la cocina donde sí salía agua caliente, calenté dos cacerolas de agua (la vieja escuela siempre funciona), vuelta a cruzar el pasillo (pidiendo clemencia a Murphy) y a lavarme al estilo gato. Hasta los más limpios del lugar se hubiesen sucumbido a no lavarse, pero yo no sin mi ducha. Ahora desde entonces todos los días me llevo una cacerola de agua caliente a la ducha por si acaso, que no quiero desgastar mi suerte.

Tras el ajetreo matutino me dispuse a ir a curro, pero las cosas no iban a ser tan sencillas. Primero decir que ese día ya sé que significa “viento que corta”, y no es ninguna metáfora. Os recuerdo también que ese día volvía a tocar ir paseando a la oficina, y además me había marcado un nuevo objetivo ¡demostrarle a los de google-maps que entre mi casa y mi oficina no se tardan 45 minutos! Los más perspicaces que estéis en casa pensareis: ¡Caracoles, a Mila se le ha ido la chaveta! Eso mismo se planteó el primer día de curro y falló (PD: Uso “Caracoles” como homenaje a todas las series que hemos visto de niños dobladas por hispanos, ya sabéis: caracoles, caray Bubu,…). De todas formas esta vez tenía un plan secreto, “seguro” que los del google-maps no se les había ocurrido usar en sus cálculos el camino que cogimos el día anterior con las bicis y que va desde la plaza principal de Delft a la universidad. “Seguro que esa ruta no se le había ocurrido a nadie”. Lo más lógico sería pensar que se tardaba menos por el hecho de haber ido en bicicleta, pero en mi aversión hacia estas estaba dispuesta a demostrar que realmente una persona en bici en un camino llano no va más rápido que otra a pie y sin correr.

Para ir por esta ruta tenía que meterme por el centro de Delft, pero en vez de seguir por la calle que tomé el día anterior para ir a la plaza, decidí innovar (lo típico que le apetece hacer a cualquiera a las 8 de la mañana).

El problema básico que plantea una cuidad como Delft al españolito medio es que todas sus calles nos parecen las mismas. Canal + puente + casas de ladrillo bajitas son los elementos que compone cualquier calle de aquí. Puede que las casas entre sí no sean muy parecidas, pero nosotros no somos incapaces de distinguirlas. Quizá porque para nosotros dos edificios son distintos sólo si uno es amarillo y otro es azul (aquí estamos en la gama color ladrillo) o si tienen diferente número de plantas (aquí todas las casas son de tres plantas, ni más ni menos). Vistos los problemas a la hora de distinguir edificios, no me pidáis que diferencie los puentes, ni mucho menos los canales. Además para darle más emoción a la cosa los canales estaban helados y los patos andaban patinando sobre la superficie. Así como os estáis oliendo desde hace un rato, me perdí. Y me perdí pero en condiciones, de esto que cuando preguntas a la gente como llegar a un sitio, hasta resoplan y todo, de lo lejos que esta. Resulta que había andado de más, y me había saltado un giro, con lo que vuelve para atrás, pregunta,…Conclusión, llegaba tarde.

A mi mucha gente me define como pachorrona absoluta, pero os equivocáis, soy pachorrona relativa. Tengo el plasplas suficiente como para ducharme tranquilamente (cuando el calentador lo permite) y dedicarme a innovar la ruta de ir al trabajo. Sin embargo, cuando estoy a falta de 5 minutos de la hora a la que todo el mundo entra en la oficina y me encuentro a unos 25 minutos andando según google, en ese preciso instante me agobio y mucho.

En ese momento de estrés extremo (ojo al juego de palabras), no me encontraba en el mapa, topé con una de esas holandesas que no hablan inglés, no pasaba un alma por la calle. Cuando por fin descubrí que camino seguir, todas las bicicletas del mundo (y alguna más) me adelantaron con todo el recochineo del mundo (las oía acerarse, chirriando y con esos timbres que me sacan de quicio, me pasaban, y se iban alejando y haciéndose pequeñitas, recordándome que necesitaba una bici ya, ya, ya).

Al final termine llegando a la oficina no tan tarde (porque aquí tenemos un margen de media hora para entrar; y realmente iba tarde con respecto a la hora que quería entrar) y además me dediqué a hacer hincapié en el hecho de “pobrecita yo que me he perdido”. De todas formas mi estrategia no era del todo la correcta, porque esa mañana descubrí que lo importante que hay que resaltar no es en el hecho de “soy nueva y me pierdo, sniff”, sino en “vengo andando”.

Ya conocéis mi manía de contarlo todo (y si no, mirad todo lo que lleváis leído) y lo mal que llevo el estar en silencio con otras personas, siempre me cargo con la responsabilidad de hablar y poner fin a los momentos “grillo”. Aquí como estoy en Holanda y no juego en casa, me he rebajado esa carga, pero de vez en cuando mi Pepito Grillo se lanza a salvar a todo aquel que lo esté pasando mal por un silencio. Ese mismo día, a la hora del café hubo unos cuantos, así que por hablar de algo les conté mis penas con la ducha. ¿Os podeis creer cual era el comentario mayoritario? “Pues mira que es raro que funcione el calentador de la cocina y no el del baño”. Ummm, “a ver majete (mi ceja estaba alcanzando unas cotas insospechadas), tu te crees que no he intendado/esperado a que saliese agua caliente teniendo en cuenta que la alternativa era reatarme en la toalla, salir al descansillo, ir a la cocina, calentar agua, volver al descansillo y de ahí a la ducha”. Sin embargo, como soy nueva y aun no sé bordear en inglés mi respuesta fue “Quien sabe”, más una sonrisa. ¡Ay, quién me ha visto y quién me ve!

Mientras yo cojo soltura con el inglés, vosotros sed buenos.
Mila.

Descubriendo Holanda:

-Sabéis que los holandeses en sus casas no ponen persianas, ni aunque vivan en un bajo. Nada, ni un triste estor ni nada. Ellos se empeñan en participar en un Gran Hermano nacional sin premio ni sin Mercedes Milá. ¿Y quienes los pasan peor? ¿Ellos? No, que va. Nosotros, tanto los españoles como franceses (como podéis comprobar esta sección se está abriendo al mundo), que miramos y luego nos sentimos culpables, como cotillas. Pero es que es una fuerza superior, que me hace girar la cabeza y mirar dentro aunque no quiera. Tranquilos, terminaré superando ese vicio, pero mientras tanto podré escribir un post sobre decoración de interiores en Holanda (ggg).

2 comentarios:

  1. ¿que lo cuentas todo? ¿que llevas mal el silencio? ¿que te cargas con la responsabilidad de hablar? es la primera noticia que tengo
    Bikes rule

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  2. Me estaba reservando esto para contarlo en un post, pero en vista del comentario lo cuento ahora. Sabes que en la oficina nos tiene como apodos y el mio es "la callada". Y lo mejor de todo es que no es ironico!!!! Ver para creer.

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